Grandes, Almudena

Grandes han sido los momentos que, desde que tenía la edad de Malena, la del nombre de tango que hubiese tenido mi hipotética hija cuando leí la novela, y aún todo era posible, me ha regalado la obra de Almudena, y hoy nos han dado el Premio Nacional de Narrativa: a las dos.

Y sí, uso ese plural porque tantas veces me han vapuleado Los aires difíciles, porque Lulú, Malena, NinoInés, Manolita me han acompañado en esos  males de amores que me han dejado El corazón helado (Fernando, ay, Fernando), porque he construido Castillos de cartón(con música de Cortez y en el aire, por supuesto) en Estaciones de paso (aquí toca Sabina) durante mis viajes más descarnados y míticos, porque soy una amante incondicional y desesperada de El Lector de Julio Verne y en absoluto de Te llamaré Viernes, por todo eso (y muchísimo más) sus novelas forman parte de mi Atlas de geografía humana.

Por lo tanto, siento que de este galardón a mi escritora preferida me toca un cachín (milimétrico) a mí, a esa grupi loca, a esa filóloga atípica y chunga con una gota de sangre de Rodrigo, a esa, para nada, Modelo de de mujer pero viva y eléctrica, que lanza maldiciones, sufre, ríe, llora, mete la pata una y otra vez con retranca y posa siempre Los besos en el pan, a esa que aveces se reconoce tras la voz de la Grandes, y otras no (no cunda el pánico que ya me veo ingresada en una clínica por mi tribu tan parecida a algunas de las que describe Almudena).

Estoy castigada (por mí misma a alejarme de las Redes y estudiar, tanto que todavía no pude leer Los pacientes del doctor García) pero tenía que escribir una cosina rápida para mi ídolo. Otro día me tomo un copazo a su salud y, ya si eso, hablamos de Fernando, Mari.

Nunca me había creído capaz de experimentar una convulsión semejante. Pronunciaba su nombre con cualquier excusa, incluso a propósito de cualquier otro Fernando, solamente para disfrutar del dudoso placer de escucharlo, y lo escribía en todas partes, en el suelo, en los árboles, en los libros, en el periódico que leía cada mañana y devolvía luego, con mis propias inscripciones recubiertas por una capa de tinta de bolígrafo tan espesa que cubría completamente las letras, y escribía, y luego tachaba, con tanta fuerza, que muchas veces rompía el papel.

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